RECUPERAR

Ellas desean que la tranquilidad vuelva a su vida. Para ello, deciden volver al lugar de su infancia: el municipio de Saucillo, una población más pequeña que la capital de Chihuahua.  Con ayuda de la calma del campo, buscan un cambio necesario debido a los fuertes problemas familiares que han sufrido los últimos seis meses, pues en su departamento empezaron a ver cosas extrañas; sucesos que nadie de la familia les creyó, guardando un incómodo silencio ante la narración de sus experiencias, posteriormente, iniciaban discusiones por cosas que, al final, terminaban olvidando el porqué de su inicio. Cansadas de eso, deciden marcharse a la antigua casa que ha sido heredada a la hermana mayor: Joselyn. Elena la acompañó, su hermana que es tres años menor que ella.

Llegan, limpian las telarañas con la esperanza de recuperar la tranquilidad en el abandonado rancho en que invirtieron sus años de infancia. Será un nuevo comienzo, una nueva aventura, se repiten la una a la otra constantemente, en una inquietante sospecha de que, realmente, algo no terminaba por estar bien.

—¿Recuerdas lo sencillo que era todo aquí? —al terminar de limpiar la última ventana sucia, Joselyn se acerca a Elena, quien ha estado sentada todo el tiempo.

—Sí, no sé cuándo pasó tanto tiempo, no sé en qué momento crecimos —sonríe con nostalgia.

—Estaremos bien aquí, Elena.

Hacía dos años, su hermana menor enfermó a causa de la pandemia mundial del COVID-19, siendo una de las tantas personas contagiadas, recuperadas y afectadas a partir de ahí; pues perdió el brillo en su mirada, el ánimo y las ganas de seguir adelante. Como consecuencia, cayó en una grave depresión. No obstante, Joselyn se encargó personalmente de atenderla, siendo psicóloga de profesión, la apoyó en los momentos más críticos. Pasado un año, decidieron que lo mejor era comenzar de nuevo, recuperar su tranquilidad extraviada. Establecería su propio consultorio y continuarían una vida tranquila, lejos de los constantes problemas familiares que tenían últimamente y, sobre todo, de las extrañas situaciones que comenzaron a vivir en su departamento.

—¿Qué te parece si hacemos una fogata y traemos bombones? Como cuando éramos chiquillas, con nuestro “pá”. —propuso a su hermana menor.

Alegres, dieron inicio a la encomienda, tomando ramitas secas caídas de los abandonados nogales que habitaban el lugar, rescatando algunas nueces en el camino. Finalmente, encendieron la fogata al tiempo en que las estrellas invadían el cielo despejado.

Platicaron como de costumbre. Luego, al son de la guitarra, Joselyn canta los covers de banda favoritos de Elena. Asaron todos los bombones que quisieron y comenzaron a convencerse de que, esta vez, todo estaría mejor.

En la noche, en sus respectivas habitaciones, duermen tranquilas. Sin embargo, la hermana mayor suele despertar justo a las 3:45 a.m., por más que trata de conciliar el sueño, no puede lograrlo. De pronto, el antiguo crujir de la casa comienza a ponerla nerviosa.

—Aquí no, nunca ha pasado nada, ya conoces esta casa… —habla consigo, para tratar de apaciguar el creciente miedo que nace en ella.

No logra estar mucho tiempo recostada, decide dar su rutinaria caminata nocturna. Recorre la gran casa de paredes de adobe y amplias ventanas. El constante goteo que proviene del baño la pone más nerviosa, decide ir a cerrarla. Al llegar, le parece ver una sombra huir escurridiza, girando al final del pasillo, a la habitación de su hermana.

—¿Elena?

No recibe respuesta.

Entra al baño y cierra la llave goteante de la regadera, justo al hacerlo, se escucha un fuerte golpe de algo al caerse.

—¿Elena, estás bien? —alza más la voz, preocupada, va directo a buscarla.

Al llegar, la encuentra acostada y dormida. Pero la inquietud trepa desde sus pies a la cabeza.

—Estás imaginando cosas… vete a dormir, Joselyn. —camina de regreso a su cama, pero, en el camino se anima a recorrer el resto de la casa.

Al llegar a la sala, enciende la luz y encuentra su guitarra en el suelo.

—¡Ay! ¡Debo tener más cuidado! —la recoge y guarda en su estuche, como debió hacerlo desde un principio.

Justo entonces, la bolsa de bombones cae al suelo, muy cerca de ella. Esto le arranca un grito a Joselyn, pues los había dejado en la mesa del comedor, a unos diez pasos de ella. Los toma, temblorosa, y mira con atención alrededor, dudando que su hermana fuera capaz de bromear con algo así.

Sin dudar, coloca los bombones en la mesa y decide volver a su habitación, convenciéndose que nada de eso ha pasado. Pero, justo en ese instante, la luz se apaga. Un golpe seco le advierte que, los bombones, han caído al suelo, detrás de ella.

—No, no, ¡esto no está pasando! ¡no aquí! —corriendo en la oscuridad directo a su habitación.

Se detiene antes de entrar, escucha las cuerdas de su guitarra sonar, erizando terriblemente su piel.

—¿Elena? —pregunta mientras escudriña la densa oscuridad.

Recibe un pesado silencio como respuesta. Pasa de largo su cuarto y continúa hacia el pasillo que la lleva directo a la habitación de su hermana. Al pasar cerca del baño, escucha que la llave de la regadera está abierta.

Con el corazón bombeando en sus oídos, abre la puerta para encontrarse con una escena que ya había experimentado en su antiguo departamento: el agua corriendo en la regadera vacía. Grita de desesperación, eso no debería suceder ahora pues ya habían dejado el maldito departamento por lo mismo, ¿por qué pasan estas cosas otra vez?

Cierra la llave y corre a buscar a su hermana.

La cama está vacía.

—¡¿Elena?! ¡Elena! ¿Dónde estás? —la llama mientras recorre toda la casa intentando, en vano, encender las luces.

Al pasar por el cuarto de baño, el agua corriendo la vuelve a interceptar.

—Maldita sea… —pasa de largo y corre a su habitación, el único lugar con un gran armario.

Al llegar, lo abre y encuentra a Elena ahí: encogidas sus rodillas, muerta de terror.

—¿Dónde estabas, Joselyn? —la abraza, mientras llora, helada de miedo.

—Fui a buscarte, Elena.

—Joselyn, ¡me mentiste! ¡me dijiste que todo estaría bien! —el miedo y la rabia se mezclaba en la voz de la hermana menor

—Perdóname, pequeña, ¡yo pensé que sería así! ¡te lo juro!

—¡Me mentiste, me mentiste, me mentiste!¡Tengo miedo! —llorando furiosamente, abraza más fuerte a su hermana mientras las luces se encienden y apagan al tiempo.

—Perdóname, perdóname… —las lágrimas mojan el abrigo de lana de Elena.

—… Joselyn, yo confié en ti.

—Lo sé. —abraza más fuerte su abrigo.

—… jamás me recuperé… morí, hace seis meses… ya… déjame ir.

Ahnira Sang